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Agalma : Revista de psicoanálisis y cultura  
 
  EL SABER DEL CUERPO, LA ÉTICA DEL PSICOANÁLISIS Y LA ESCUCHA DEL ANALISTA 17-12-2018 07:05 (UTC)
   
 

Alfredo Carrasquillo Ramírez (Puerto rico)*

 I. Introducción

 

El psicoanálisis lacaniano es uno de los campos del saber que puede contribuir a aportar novedosas reflexiones en torno al vínculo entre ética y comunicación. En este ensayo me propongo compartir con ustedes cómo, al interrogar los límites de la comunicación, el psicoanálisis precisa la función constitutiva del significante en la vida del sujeto humano y la concomitante insistencia de un Real[ii] que resiste la simbolización. Intentaré mostrar cómo ese Real imposible de comunicar –vinculado a la muerte, el goce y la pulsión- es, para el psicoanálisis, una dimensión central de la experiencia humana. Además intentaré dar cuenta de cómo, la ética que comanda la clínica psicoanalítica, a diferencia de la pretensiones de “comunicación” de otras terapias, otorga centralidad a eso que, en palabras de Lacan, “no cesa de no escribirse”, y aporta, por medio del dispositivo analítico, formas efectivas de acotar el exceso y poner límites al goce, a los fines de aperturar, para cada ser humano en su particularidad, un espacio para la ética, la estética y el deseo.

 

II. El lenguaje, la muerte y el cuerpo

 

Muchos de mis pacientes llegan a mi consultorio a pedir un psicoanálisis luego de haber experimentado con algún tratamiento psiquiátrico.  Algunos llegan medicados. Pero lo que es más importante, muchos llegan reproduciendo un saber sobre el cuerpo que se organiza a partir de la lógica fisiológica, química y farmacológica que es hegemónica en el campo de la psiquiatría y, a partir de la cual, muchos psiquiatras, cómodamente instalados en el lugar del saber[iii], le han explicado “lo que les pasa”. Ante la demanda del paciente insatisfecho con esa pretensión de explicación, la escucha del psicoanalista tiene, en cambio, que intentar escuchar el dolor, la queja, el sufrimiento que se esconde tras lo que podríamos llamar, parafraseando una expresión de Freud, la novela médica del neurótico, con el objetivo de que dicha queja pueda ser subjetivada y que la instalación de la transferencia -entendida como amor por el saber inconsciente- pueda dar paso al comienzo de una cura analítica. Esa escucha es posible, si el psicoanalista precisa una distinción importante entre el cuerpo y el organismo. Para decirlo rápido y mal: al psicoanalista no le interesa el organismo. Trataré de explicar por qué.

 

Las células producen la energía necesaria para el funcionamiento del organismo. Es allí que la lógica del placer opera. La homeostasis y la lógica de la satisfacción serían señales del buen funcionamiento del organismo. Pero resulta, no obstante, que los seres humanos somos animales culturales y tal condición subvierte la lógica del organismo. Nuestra condición de animales culturales supone numerosas diferencias de entre las cuales quiero destacar dos que son fundamentales para lo que quiero transmitir respecto a eso que llamo la subversión de la lógica del organismo.

 

Para los humanos, en el principio no eran los instintos. En el principio, como lo supo el evangelista, era el verbo. La palabra. Nacemos al mundo de la cultura y del lenguaje y traemos, en nuestros cuerpos, la huella, el trazo de una herida. El universo del lenguaje es un universo incompleto. En falta. No todo puede ser dicho.

 

Pero hay más. Nacemos al mundo de la cultura humana en la cual hay un saber que, al menos hasta donde tenemos conocimiento, no perturba a ninguna otra especie animal. Sabemos que nos vamos a morir. Crecemos –marcados también- por la huella de la muerte y por una única garantía: a ella, tarde o temprano, habremos de regresar.

 

Incompletud y finitud son, por tanto, dos puntos fundamentales de la condición humana. Puntos que, como sabemos, no dejan incólume a ningún ser humano. Tienen consecuencias. Y lo que quiero proponer es que son estos dos hechos los que justamente subvierten la lógica del organismo. La incompletud y la finitud, el lenguaje y la muerte, producen, en el cachorro humano, un exceso de energía –exceso de energía que no puede ser utilizado para el funcionamiento del organismo. El ser humano, nace, por tanto, al mundo de la cultura marcado por el lenguaje, la muerte y el exceso. Es con esas huellas que trabajamos en análisis. Huellas que, toda vez que subvierten la lógica del organismo, constituyen un cuerpo. Un cuerpo marcado por significantes. Pero un cuerpo, igualmente, donde lo Real “no cesa de no escribirse”. Un cuerpo gozante en el que el goce -en tanto energía desvinculada de las funciones orgánicas- puede incluso, como lo constatamos en la clínica de la anorexia, ser capaz de perturbar las funciones orgánicas.

 

 III. El sujeto del inconsciente, las promesas y los ¿desórdenes? del deseo

 

En la clínica psicoanalítica –particularmente en el campo lacaniano- trabajamos a partir de una comprensión del sujeto del inconsciente en la que la noción misma de invididuo se desbanca, y las supuestas separaciones entre lo individual y lo político son descartadas. Somos sujetos del lenguaje y la cultura. Lo social y lo político –espacios de lucha hegemónica, de seducción, violencias y antagonismos- no son ámbitos en los que nos insertamos sino más bien dimensiones constitutivas de nuestra propia condición de sujetos. Como seres humanos, somos conscientes de nuestra mortalidad y finitud, y llevamos en nosotros esa marca del lenguaje y su incompletud: no todo puede ser dicho, no todo puede ser hecho. El amor, la cultura, la educación y la política nos enfrentan una y otra vez a ese hecho estructural: una herida que nos marca y nos constituye como sujetos nos lleva a nadar contra corriente en un mar de  imposibles. Y ésto, para los humanos, no es un hecho de estructura sin consecuencias. Eso que Freud llamaba la castración[iv] y que Lacan resitúa en el campo del significante, es exactamente eso de lo que los humanos, simplemente, no queremos saber. Y en esa urgencia de “no saber” respecto a nuestra castración y finitud, los seres humanos nos servimos de múltiples dispositivos de ocultamiento que clausuran las posibilidades del deseo. Es por eso que existe una clínica psicoanalítica en la que, no sin dificultades, creamos las condiciones para reencontrarnos con ese hecho de estructura y aperturar un espacio para lo inédito de la creación y el deseo. De ahí que si las profesiones “psi” insisten en hablar de desórdenes, de lo que habría que hablar, en todo caso, es de desórdenes del deseo.[v]

 

¿Cómo se manifiestan esos “desórdenes” del deseo? A nuestras carencias y a esa imposibilidad de decirlo y hacerlo todo respondemos con nuestras respectivas modalidades de goce. Freud nos recordó que en la vida humana existe un más allá del principio del placer y que nuestra existencia no responde –como desearían muchos pensadores new age y ambientalistas-  a la lógica del balance ni de la homeostasis. Marcados por esa carencia constitutiva a la que hacía referencia, somos, además, sujetos de la pulsión y del exceso. En nosotros opera ese más allá del principio del placer que Freud denominaba pulsión de muerte. No sólo se trata de que, como decía José Antonio Marina, los seres humanos hemos sido capaces de crear tanto la música de cámara como la cámara de gas,[vi] sino que esa pulsión de muerte, en tanto que opera e insiste en nosotros, se manifiesta día a día en modalidades de goce que pretenden encubrir y obturar nuestras carencias constitutivas.

 

Muchas de esas pretensiones de goce se manifiestan en operativos imaginarios que montamos para encubrir, para ignorar y perder de vista un saber que nos constituye. Esos operativos imaginarios[vii] se ponen de manifiesto, por ejemplo, en las promesas. Primero, en las promesas que nos hacemos a nosotros mismos y le contamos a los demás. Al “narrarnos” a nosotros mismos desde la promesa de cambio o de acción, construimos una imagen “amable” de nosotros mismos y cercana al Ideal. Una imagen que, como todas, oculta aquello que no queremos ver y que nos constituye. Una imagen que, como todas, es contigente y está avocada al fracaso. Pero ahí la lógica de la repetición –ese dispositivo por excelencia de la pulsión de muerte[viii]- viene al auxilio de la estrategia de ocultamiento y construimos una y otra vez modos de mirarnos y narrarnos... todo con tal de no ver y de imaginar que los imposibles, como la muerte y la castración, pueden ser superados. Pero la promesa fundamental, inconsciente en muchos casos, que subyace a muchas estrategias subjetivas, mediáticas, políticas y terapéuticas, es la promesa de que podemos “resolver” lo Real a través del significante.

 

IV. El goce, la pulsión de muerte y la escucha analítica

 

Los psicoanalistas somos herederos de Sigmund Freud y de su decisión ética de reposicionarse como clínico. “Allí donde el amo era, el analista debió advenir”.[ix] Ese reposicionamiento estuvo acompañado, sobre todo en el período de 1908 a 1925 por una preocupación por la muerte. Es porque abrió un espacio de escucha al saber del cuerpo y al cuerpo como escenario de la finitud humana que Freud escribió “Más allá del principio del placer”. Fue su escucha lo que le permitió dar cuenta de otra lógica más allá, justamente, del principio del placer : la lógica de la pulsión, vale decir, la lógica de la pulsión de muerte. El fin último de la vida, dirá Freud, no es el placer, es la muerte.

 

Es por eso que, como ha dicho Willy Apollon, la muerte confronta al sujeto con su soledad y con una responsabilidad radical.[x] Es por eso, además, que en el mundo de lo instantáneo, del problem solving, de lo virtual, de los HMOs, el Prozac, la humortivación, el rebirthing, el capitalismo salvaje, lifespring, Plaza las Américas como el centro de todo, y la búsqueda del balance y la armonía con la naturaleza, el psicoanálisis es una propuesta de radicalización de lo humano, de la experiencia humana, de nuestra humanidad.

 

En la clínica psicoanalítica no nos contentamos con acompañar al sujeto hasta el límite del “tú eres eso”[xi] que lo confronte con la cobardía moral implícita en vivir a espaldas de su propia condición subjetiva. Dado que, como Lacan aprendió de Hegel, el significante es la muerte de la Cosa, se trata, más bien, de ir ganándole terreno a lo Real, de puntuar e ir poniendo en palabras las distintas modalidades de goce que buscan obturar la falta y cerrar el campo para el deseo. “Si el psicoanálisis no abre para cada sujeto hablante la posibilidad de ese ´poco de libertad´ como la denomina Lacan, su ejercicio deviene una mera estafa”.[xii] De ahí que el psicoanálisis proponga una ética del “no todo”, vale decir, una ética que sitúa nuestra finitud e incompletud del lado de la causa, como punto de partida para un modo de vida que esté más del lado de la creación, la estética y el deseo, que del ocultamiento y la pulsión de muerte... hasta que la muerte, claro está, nos sorprenda.

 

Esta propuesta se pone a prueba cotidianamente en el consultorio de muchos psicoanalistas. En una práctica clínica comandada por la ética del psicoanálisis, por esa ética del “no todo” a la que hacía referencia. Dicha ética supone una escucha psicoanalítica atenta al cuerpo, al saber del cuerpo en toda su complejidad:

 

v     Una escucha atenta a cómo lo imaginario y el Ideal[xiii] intentan lograr una “consistencia” que “organice” ese exceso que nos constituye.

 

v     Una escucha atenta al imaginario como fruto del fantasma[xiv], como respuesta a la soledad y al vacío que causa el encuentro con lo Real.

 

v     Una escucha atenta a las construcciones imaginarias que buscan lidiar, de manera protegida, con la muerte y la ausencia del Otro[xv].

 

v     Una escucha atenta a la angustia del sujeto, al tener que lidiar con la muerte y con el trabajo de la pulsión de muerte en el cuerpo.

 

v     Una escucha atenta a las modalidades de goce que se estructuran en torno al trabajo de la pulsión de muerte.

 

v     Una escucha atenta al fantasma entendido como la defensa más arcaica del sujeto a ese trabajo de la pulsión de muerte.

 

v     Una escucha atenta al fantasma como esa otra escena más allá del principio del placer que no está regulada por la lógica de la satisfacción.

 

v     Una escucha atenta al fantasma entendido como la verdadera realidad del sujeto, como la ventana a través de la cual el sujeto ve el mundo. Un marco que determina lo que ve. Un marco que constriñe y que le previene de ver otras cosas.

 

v     Una escucha atenta al síntoma que oculta, que pretende ocultar, al fantasma.

 

v     Una escucha atenta a las zonas erógenas del cuerpo, vale decir, a las letras e inscripciones en el cuerpo –que, con perdón de Wanda Smith, son particulares para cada sujeto.

 

v     Una escucha atenta, a fin de cuentas, al inconsciente que opera, actúa en el sujeto sin que su ego, sin que su yo se entere.

 

v     Una escucha atenta y activa que lleva al analista a intervenir para dar dirección a la cura y movilizar y constreñir al sujeto a ir a sus límites, a las fronteras de su conocimiento para que el inconsciente responda con la producción de un saber: de un saber del cuerpo.

 

Es esa producción de saber, de la que el psicoanalista es testigo, la que poco a poco le permitirá al sujeto asumir total responsabilidad respecto a su destino y deseo, e iniciar un largo aunque finito viaje por la vida... una vida llena de desafíos éticos que el sujeto tendrá que enfrentar con un sí sostenido, de manera radical y en absoluta soledad recibiendo del gran Otro tan sólo el peso de su ausencia y su silencio.

 

Notas.

 

* El autor es Decano Asociado de Estudios Graduados en la Universidad del Sagrado Corazón y psicoanalista con práctica privada en Caguas.

 

[ii] Respecto a la noción de Real en psicoanálisis, puede consultarse Leclaire, Serge. Desenmascarar lo real. El objeto en psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 1991.

 

[iii] Respecto al lugar del saber y otras posiciones que puede ocupar el terapeuta, puede consultarse Carrasquillo Ramírez, Alfredo. “Lenguaje y poder en la clínica psicoanalítica: El amo, la universidad, la histérica y el analista”, en Postdata, Números 10-11, diciembre de 1995, págs. 64-75.

 

[iv] Respecto al concepto de castración en psicoanálisis, puede consultarse Nasio, Juan David. Enseñanza de 7 conceptos cruciales del psicoanálisis (Barcelona: Gedisa), págs. 13-42.

 

[v] Tomo prestada esta expresión al psicoanalista norteamericano Stuart Schneiderman.

 

[vi] Marina, José Antonio. Teoría de la inteligencia creadora (Barcelona: Anagrama, 1993), pág. 23.

 

[vii] Respecto a la noción de imaginario en psicoanálisis, puede consultarse Julien, Phillipe. El retorno a Freud de Jacques Lacan (México: Sitesa, 1992), págs. 177-213.

 

[viii] Respecto al concepto de pulsión de muerte, puede consultarse Freud, Sigmund. “Más allá del principio del placer”, en Obras completas de Sigmund Freud. Volumen XVIII (Buenos Aires: Amorrortu, 1976), págs. 7-62.

 

[ix] Ramírez, Mario Elkin. Seminario sobre transferencia y resistencia en psicoanálisis, http://psiconet.com/seminarios.tr.

 

[x] Apollon, Willy. Seminario anual de formación psicoanalítica, Escuela Freudiana de Québec, julio de 2000, notas del autor.

 

[xi] Lacan, Jacques. “El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”, en Escritos 1 (México: Siglo XXI, 1971), pág. 93.

 

[xii] Rabinovich, Diana S. El deseo del psicoanalista. Libertad y determinación en psicoanálisis (Buenos Aires: Manantial, 1999), pág. 9.

 

[xiii] Respecto a la noción de Ideal en psicoanálisis, puede consultarse Escuela de la Orientación Lacaniana. El peso de los ideales (Buenos Aires: Paidós, 1999).

 

[xiv] Respecto a la noción de fantasma en psicoanálisis, puede consultarse Nasio, Juan David. Cinco lecciones sobre la teoría de Jacques Lacan (Barcelona: Gedisa, 1993), págs. 147-172.

 

[xv] Respecto al concepto de Otro en psicoanálisis, puede consultarse Fink, Bruce. The Lacanian Subject: Between Language and Jouissance (Princeton: Princeton University Press, 1995).

 
  CORDINADOR: Juan Pablo Sánchez Domínguez
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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